Nunca olvidaré aquel día en Sevilla. El sol de primavera caía a plomo, el aroma intenso del azahar flotaba en el aire y yo caminaba al lado de Lisa De Leeuw, la reina indiscutible del porno clásico de los ochenta. La había conocido la noche anterior en la Carbonería, un pub de lo más genuino donde el flamenco y el underground se mezclaban y donde los americanos eran los más fieles clientes. Iba con mis amigos y cuando la vi no podía creerlo, era la auténtica actriz porno con la que me había hecho cientos de pajas desde mi adolescencia, yo a mis 20 años, no pude resistirme a ofrecerle ser su guía personal por Sevilla. Ella aceptó con esa sonrisa pícara y esa mirada que prometía problemas… del tipo delicioso.
El paseo empezó temprano. Ella llevaba un vestido veraniego rojo, ligero y ceñido, que marcaba cada curva de su cuerpo maduro pero todavía espectacular: pechos grandes y naturales, cintura estrecha, caderas anchas y un culo redondo que se movía con cada paso. Caminábamos por los jardines del Alcázar, entre fuentes y naranjos, y ella no paraba de rozarme “accidentalmente”: un roce en el brazo, su mano en mi espalda baja, su cadera chocando contra la mía. Me contaba anécdotas de sus rodajes mientras yo le explicaba la historia mora del palacio, pero sus ojos no dejaban de bajar a mi entrepierna cada vez que creía que no la veía.
Subimos a la Giralda sudando. Arriba, con toda Sevilla extendida a nuestros pies, el viento caliente jugaba con su melena pelirroja. Se acercó tanto que sentí sus pezones endurecidos contra mi pecho a través de la tela fina. “This city makes me so fucking horny”, me susurró al oído antes de besarme con hambre. Su lengua invadió mi boca, sus manos bajaron directo a mi culo y lo apretaron fuerte. Yo le devolví el beso, metiendo una mano bajo su vestido para acariciar su muslo. Estaba ardiendo. Bajamos las escaleras casi corriendo, los dos sabiendo perfectamente lo que iba a pasar.
Llegamos al hotel boutique donde se alojaba, un antiguo palacete cerca de la Catedral con un dormitorio amplio, cama enorme con dosel, balcón abierto al patio interior y olor a jazmín entrando por la ventana. Nada más cerrar la puerta, Lisa me empujó contra la pared y me besó con furia mientras sus manos expertas desabrochaban mi cinturón. “I’ve been wet since we left the Alcázar”, dijo con esa voz suya que tan cachondo me había puesto cientos de veces viendo sus películas en las salas X de Sevilla. Se arrodilló delante de mí, me bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón y sacó mi polla ya dura como el acero.
Joder, qué mamada. Lisa De Leeuw en persona, arrodillada, mirándome a los ojos mientras se metía toda mi verga en la boca hasta la garganta. Sin arcadas, como la profesional que era. Babeaba abundantemente, la saliva le caía por la barbilla mientras subía y bajaba rápido, chupando con fuerza, jugando con la lengua en el frenillo. Yo le agarré su melena pelirroja y empecé a follarle la boca, empujando profundo. Ella gemía alrededor de mi polla, vibraciones que me volvían loco. “Yes, fuck my mouth… use me”, murmuraba cada vez que sacaba la polla para respirar. No podía pensar nada más que en comerle la boca en cuanto terminase de follarle la boca, y eso hice, fue un beso de esos que cumplen un sueño y que no acaban fácilmente, ella debió de sorprenderse por la intensidad y la pasión de mi beso que con mi lengua y mis labios respirando con los suyos no dejaba de gemir y temblar de placer. Ese beso la rindió ante mí y a mí me hizo desearla como nunca antes ni siquiera después he deseado a nadie. Fue como surcar un mar de sueños cogidos de la mano por un lado y con a lujuria desplegada en nuestros cuerpos.
La levanté en brazos y la tiré sobre la cama. Le arranqué el vestido literalmente —se rasgó por el lateral y a ella le encantó—. Debajo solo llevaba unas braguitas rojas de encaje que estaban completamente empapadas. Se las quité con los dientes mientras ella se quitaba el sujetador, liberando esas tetas grandes, pecosas, con pezones rosados y duros. Me lancé sobre ellas como un hambriento: las chupaba, las mordía, las apretaba fuerte mientras ella gemía y se retorcía. Bajé por su vientre pecoso hasta llegar a su coño. Pelirrojo, bien cuidado, labios gruesos y ya hinchados. Lo abrí con los dedos y empecé a lamerla despacio, saboreando su sabor dulce y salado. Lisa gritó de placer cuando metí la lengua dentro y empecé a chupar su clítoris hinchado. Le metí dos dedos y empecé a bombear fuerte mientras seguía lamiendo. En menos de dos minutos se corrió la primera vez, apretándome la cabeza contra su coño, temblando entera y gritando “Oh fuck, yes! I’m cumming!”.
No le di tregua. Me puse de rodillas entre sus piernas, le abrí bien los muslos y la penetré de un solo empujón profundo. Estaba tan mojada que entré hasta el fondo sin resistencia. Lisa soltó un grito largo y gutural. Empecé a follarla duro, fuerte, como sabía que le gustaba por sus películas. Sus tetas rebotaban con cada embestida, sus pecas se encendían rojas por el esfuerzo. Ella me clavaba las uñas en la espalda y me pedía más: “Harder, baby… fuck me like you mean it!”. Cambiamos de postura: se puso encima y empezó a cabalgarme como una posesa. Se apoyaba en mi pecho, movía las caderas en círculos perfectos, subía y bajaba rápido, su coño apretándome como un guante caliente y húmedo. Yo le daba nalgadas fuertes en ese culo grande y pecoso que rebotaba encima de mí.
La puse a cuatro patas, mi postura favorita con ella. Su culo en pompa, el coño abierto y chorreando. La penetré de nuevo desde atrás, agarrándola de las caderas y dándole tan fuerte que la cama crujía. Le metí un dedo en el culo y ella empujó hacia atrás pidiendo más. “Yes, finger my ass… I love it”. Le metí dos dedos y empecé a follarle el culo con ellos mientras la polla entraba y salía de su coño a toda velocidad. Lisa estaba perdida en el placer, gritando guarradas en inglés y español que había aprendido: “¡Fóllame más fuerte, joder! ¡Dame toda tu leche!”.
No pude aguantar más. Sentí cómo me corría dentro de ella, chorro tras chorro, llenándole el coño de semen caliente mientras ella se corría otra vez, apretándome tan fuerte que casi me saca la polla. Se derrumbó sobre la cama, temblando, y yo caí encima, los dos sudados y jadeantes.
Pero Lisa no había terminado. Se giró, me miró con esa sonrisa traviesa y bajó de nuevo a chuparme la polla cubierta de nuestros jugos. La limpió entera con la lengua, tragándose todo, hasta que me puso dura otra vez. “Round two, españolito… ahora me vas a follar el culo como en mis mejores películas”.
Y así fue. La puse boca abajo, le abrí bien ese culo grande y pecoso, le escupí en el agujero y empecé a comérselo, ella se sorprendió por el placer que le daba con mi lengua, jugaba con mis dedos en su culo y su coño, notando como se estremecía, cuando menos lo esperaba comencé a meter mi polla despacio, ella sentía el grosor y la dureza. Estaba apretadísimo, caliente, delicioso. Ella gemía fuerte mientras yo empujaba centímetro a centímetro hasta entrar entero. Empecé a moverme lento al principio, luego cada vez más rápido y profundo. Lisa se masturbaba el clítoris mientras yo la sodomizaba sin piedad, sus gemidos convirtiéndose en gritos. Se corrió otra vez, el culo apretándome en espasmos, y yo no tardé en correrme dentro, llenándole el culo de leche hasta que rebosaba.
Pasamos el resto de la tarde y toda la noche follando sin parar: en la ducha, contra el balcón con vistas al patio, en la silla, en el suelo… Hasta que el sol volvió a salir y los dos caímos exhaustos, desnudos y cubiertos de sudor y fluidos, con el olor a sexo impregnando toda la habitación.
Lisa De Leeuw, la mujer que había llenado de fantasías mis momentos onanistas estaba ante mí, en carne y hueso, en una cama sevillana, superando con creces todas mis fantasías adolescentes. Una noche de pasión brutal, explícita y sin límites que aún me pone duro solo de recordarla. Me enamoré de ella y estoy seguro de que ella nunca se olvidó de aquél primer encuentro, porque hubo más, en Sevilla y en la soleada California unos años después. Pero eso queda para un futuro relato.

Comentarios
Publicar un comentario