Tenía 36 años y estaba en Barcelona por una feria profesional en Montjuïc. Octubre, noches frescas, días soleados. La tercera tarde, tras una jornada interminable de reuniones, bajé al Barrio Gótico buscando desconectar. Entré en un bar íntimo cerca de la Plaça Reial: luz tenue, jazz suave, aroma a madera vieja y bourbon.
Ella estaba sola en la barra. Pelo negro corto y brillante cayéndole sobre los hombros, ojos verdes enormes y tristes, labios carnosos pintados de rojo oscuro, una media sonrisa que mostraba una pequeña separación en sus dientes y que la hacía más atractiva. Vestía un vestido negro ceñido que marcaba unas curvas generosas: tetas proporcionadas y firmes, cintura estrecha, caderas anchas y un culo que se intuía redondo y poderoso. Bebía un gin-tonic despacio, mirando el vaso como si buscara respuestas en el hielo.
Me senté a su lado. Nuestras miradas se cruzaron y sonrió apenas, una sonrisa cansada pero preciosa. Hablamos. Se llamaba Michelle, dijo. Americana, en Barcelona unos días por “trabajo”. Su voz era suave y sensual, con ese acento que te acaricia. Yo le conté que estaba allí por negocios, que odiaba las cenas solitarias en hoteles. Ella se rio bajito y confesó que también odiaba la soledad, que llevaba semanas sintiéndose invisible, que un amor no correspondido le había roto algo por dentro y que su profesión la hacía sentir juzgada por todos.
Se le humedecieron los ojos. La abracé sin pedir permiso. Se dejó caer contra mi pecho y lloró en silencio. Olía a vainilla y deseo contenido. Le acaricié el pelo, le dije que para mí era la mujer más hermosa y valiente que había visto en mucho tiempo. Me miró, me besó suave, y su lengua entró en mi boca con una urgencia repentina. Pagamos y salimos.
Caminamos por callejones estrechos, besándonos contra las paredes, mis manos bajo su vestido rozando la piel caliente de sus muslos. Llegamos a mi hotel en la calle Ferran. Nada más cerrar la puerta me empujó contra la pared, me desabrochó la camisa y mordió mi cuello mientras sus dedos bajaban a mi bragueta. “Necesito sentirme deseada de verdad”, susurró.
La desnudé despacio esa primera noche. Su cuerpo era un mapa de tatuajes y pecados: tetas grandes con pezones oscuros y duros, coño depilado con un triángulo negro pequeño, culo perfecto y firme. La besé entera, lamiendo sus pezones hasta que gimió, bajando por su vientre hasta abrirle las piernas y hundir la lengua en su coño ya empapado. Sabía dulce y salado. Chupé su clítoris hinchado mientras metía dos dedos dentro; se corrió rápido, apretándome la cabeza, temblando entera.
Hicimos el amor lento, romántico. Ella encima, moviéndose suave, mirándome a los ojos, sus tetas balanceándose sobre mi cara. Nos corrimos abrazados, ella susurrando mi nombre como si fuera un secreto.
Pero al día siguiente, en su habitación cerca de la Sagrada Familia, todo cambió.
Me miró con una sonrisa traviesa y dijo: “Quiero que sepas quién soy realmente”. Encendió su portátil y puso una escena suya. Vi a Belladonna en pantalla: fisting brutal, prolapsos, gangbangs salvajes. Me quedé sin aliento. Ella se rio. “Sí, soy yo. Y contigo quiero todo lo que nunca me atrevo a pedirle a nadie”.
Se quitó la ropa de un tirón y se arrodilló delante de mí. Me sacó la polla ya dura y se la metió hasta la garganta sin preliminares. Mamada profunda, babosa, mirándome con esos ojos verdes mientras se atragantaba a propósito. Saliva cayéndole por la barbilla, por las tetas. “Fóllame la boca”, ordenó. Le agarré la cabeza y empujé fuerte, sintiendo cómo su garganta se abría para mí.
La tiré sobre la cama boca abajo, le abrí el culo con las manos y empecé a lamerle el agujero. Estaba caliente, apretado, delicioso. Le metí la lengua todo lo profundo que pude mientras ella gemía como una animal. Luego los dedos: uno, dos, tres… lubricados solo con saliva y escupitajos. Ella empujaba hacia atrás pidiendo más. Metí cuatro dedos, luego el puño entero. Fisting anal brutal. Mi mano desaparecía dentro de su culo hasta la muñeca. Ella gritaba de placer, “Deeper, fuck my ass with your fist!”, el rosebud saliendo rojo e hinchado cada vez que sacaba la mano, yo aprovechaba para saborearlo. La follaba con el puño rápido, fuerte, mientras con la otra mano le frotaba el clítoris. Se corrió a chorros, con un squirt espectacular y abundante sobre las sábanas.
La puse boca arriba, piernas abiertas al máximo. Su coño chorreaba. Metí tres dedos, cuatro, el puño entero de nuevo. Fisting vaginal intenso, mi brazo entrando y saliendo hasta el antebrazo. Ella se retorcía, gemía, lloraba de placer. “Yes, stretch me! Ruin my pussy!”. Su coño era una fuente de flujos y squirt, se corría una y otra vez, empapando todo.
Una noche, en la ducha del hotel, me pidió lluvia dorada. Se arrodilló desnuda, su boca abierta y sedienta de mis meos. Ella, allí tirada ante mí sólo decía:“Piss on me, all over me”. Meé caliente sobre su cara, su pelo, sus tetas, su coño abierto. Ella se masturbaba furiosamente mientras la meada caía, tragando lo que podía, corriéndose con un grito ahogado cuando le llené la boca, estaba tan excitado que la levanté y le comí la boca con el sabor de mis meos en ella. Salimos de la ducha, tiramos las toallas al suelo y me tumbé, ella se montó sobre mi polla dispuesta a cabalgarme, pero antes con su diabólica e irresistible sonrisa se puso a mear sobre mí, mi excitación era tal que aquello me espoleó aún más la polla que me dolía de lo dura que la tenía. Michelle se sentó sobre mi polla, pero no con su coño, lo hizo directamente con su culo que devoró mí grueso rabo con una facilidad y una maestría que nunca había visto ni he vuelto a ver. Su cara se desencajó de placer al llegar mi polla a lo más profundo de sus entrañas, mientras cabalgaba se frotaba el clítoris y su coño no paraba de echar chorros de flujo. Estaba en éxtasis, encadenaba orgasmos de una intensidad brutal, parecía que se iba a desmayar en cualquier momento en un órdago de placer. Y así fue, justo cuando su culo absorbía la fuerza de mi polla y mi semen explotaba en su interior sufrió un espasmo y se dejó caer sobre mí, agotada, semiinconsciente del placer y del último estertor que fue mi leche inundándola. Fue algo inolvidable e inigualable. Era una bomba en ebullición de placer. A pesar de estar así su culo no dejaba salir a mi polla, la tenía presa en su interior agotando y absorbiendo mi energía, yo buscaba su boca con la mía y la encontraba cálida, amable y ardiente después de esa furia sexual desatada. Tras una pausa que pudieron ser tanto minutos como horas nos duchamos y cogiéndonos de la mano nos fuimos a la cama donde nos besamos, acariciamos y jugamos como dos adolescentes hasta que el deseo y la lujuria nos volvió a desatar en una nueva sesión de vicio y sexo de alto voltaje y depravación. Su piel me hacía perder la cordura y su boca era una invitación al pecado. Así nos embarcamos en sesiones de horas: doble fisting simultáneo (una mano en el coño, la otra en el culo), polla del culo a la boca una y otra vez, sin pausa, con vicio, garganta profunda hasta vomitar saliva, nalgadas que dejaban su culo rojo e hinchado, mordiscos en los pezones hasta que sangraban levemente, con tanta excitación hasta me penetró con un strap-on, haciéndome descubrir la práctica sexual del pegging del que disfruté como sólo puede hacerte disfrutar una diosa como era ella. Su lado masculino era follarme brutalmente el culo, eso sí, me lo preparó tan bien con su lengua y dedos que cuando me folló, a pesar de la sorpresa que me dió, pues no lo esperaba, me hizo eyacular de placer sin tocarme la polla. He practicado el pegging otras veces, intentando rememorar esos momentos con ella, pero nunca ha sido como con Michelle, mis diosa del placer.
Siempre después de cada sesión brutal, volvíamos a la ternura. Nos duchábamos juntos, nos lavábamos el uno al otro con delicadeza, nos abrazábamos en la cama hablando hasta el amanecer. Ella me contaba sus miedos, su dolor por el amor no correspondido, cómo su profesión la aislaba. Yo la escuchaba, la besaba, le decía que para mí era la mujer más fuerte y sensual del mundo.
La última noche lloramos los dos. “Contigo me he sentido persona, no solo un cuerpo”, me dijo en el aeropuerto. Nos besamos largo, profundo, sabiendo que era un adiós.
Aún hoy, cuando cierro los ojos, siento su culo apretando mi puño, su coño squirteando sobre mí, su boca tragando mi meada, y su cabeza apoyada en mi pecho después, vulnerable y preciosa.
Barcelona, octubre de 2002. Los días más románticos y los polvos más extremos de mi vida con Michelle… con Belladonna.
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